LA HERMANA LULU
Por Meri Rivera, Puerto Rico

Una manera de amar a otras personas es orar por ellas.

Así decía el pensamiento del día en nuestro libro de devociones.  Todas las mañanas mi esposo y yo convertimos la mesa del comedor en altar familiar.  Mientras desayunamos, leemos la Biblia, oramos y reflexionamos sobre un pensamiento devocional.  Ese día me impresionó la idea de que se puede amar a alguien mediante nuestras oraciones.

Aparentemente, el apóstol Pablo compartía esa actitud.  En todas sus cartas hace mención de sus oraciones por los demás siempre que se acuerda de ellos y ellas.

Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros…por cuanto os tengo en el corazón (Filipenses 1:3, 4, 7).

Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos…no cesamos de orar por vosotros (Colosenses 1:3, 4, 9).

Primeramente doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto a todos vosotros…sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones…porque deseo veros (Romanos 1:8, 9, 11).

En nuestra iglesia tenemos un grupo de hermanas que nos reunimos a orar todos los martes por la mañana.  Le llamamos Martes de Victoria. La congregación entera reconoce a este grupo y le confía sus peticiones más urgentes y significativas.  Algunos piensan en el círculo de oración de Martes de Victoria como la unidad de cuidado intensivo de la iglesia.  Familiares, vecinos, amigos de cerca y de lejos depositan su fe en nuestras oraciones a Dios.

Con el paso del tiempo, las participantes de Martes de Victoria hemos desarrollado una relación extraordinaria de intimidad con Dios y con las demás, lo cual nos facilita y profundiza la experiencia.  Un día me tocó orar al lado de la hermana Lulú.  Sin intentarlo, podía escuchar la conversación intensa de mi compañera de oración con Dios.  Para mi bendición, el ejercicio espiritual de la hermana Lulú no me estorbaba, sino todo lo contrario:  fortalecía mi propia oración.

Durante casi una hora, Lulú mencionó por nombre en oración a todos los hermanos y hermanas de la iglesia.  Le contaba a Dios los problemas de cada uno y le rogaba que les ayudase y les diera bendición.  Después hizo lo mismo con sus vecinos y con los miembros de su familia.  Oró por la gente que había conocido esa semana y por un hombre drogadicto a quien ella se preocupaba por ayudar y guiar al conocimiento de Dios.

Lulú me hizo pensar en mi suegro, quien oraba todos los días, tres horas diarias, lloviese, hiciera sol, o relampaguease.  Este hombre se encerraba en su dormitorio de seis a siete de la mañana, de doce a una de la tarde, y de seis a siete de la noche, a interceder por familiares, pastores, líderes políticos, y por todas las personas conocidas y por conocer.

La diferencia era que él oraba en la soledad de su cuarto.  En cambio, Lulú oraba en el altar de la iglesia.  Sin duda ambas oraciones eran igualmente efectivas, pero la de ella tenía el beneficio secundario de bendecir a sus compañeras de oración, en particular a mí. Lo cierto es que quedé admirada de su amor, la memoria de recordar nombres y necesidades, la compasión con que intercedía por los demás.

En mi propia oración ese día le supliqué al Señor que levante en la congregación más mujeres y hombres de oración como Lulú.  Ella no gastó la hora de Martes de Victoria, que todos reconocen quizás como la hora más poderosa en la vida espiritual de la iglesia, pidiendo cosas personales o quejándose de su situación.  Al contrario, dedicó todo el tiempo a pensar en los demás e interceder a su favor.  Sin duda tenía peticiones propias, pero pensó más en otros y otras, probablemente en quienes no saben orar y en quienes aunque lo sepan no lo hacen con la certeza y determinación de ella.

El primer y más grande mandamiento, dijo Jesús, es amar a Dios con la totalidad del entendimiento, las emociones, la razón y la voluntad, y demostrar ese amor a Dios en acciones de amor al prójimo como si fuera uno mismo (Marcos 12:29-31).  Una manera efectiva de actuar ese amor es orar por las personas a quienes amamos.  Y aun por quienes no amamos, pues una manera efectiva de destruir a un enemigo es orar para que Dios le bendiga y que así se rompa la enemistad.

Gracias, muchas gracias, hermana Lulú, por las veces que mi nombre es mencionado en tus oraciones.  Sé que aunque no puedes viajar al campo misionero con nosotros, siempre estás presente con tus oraciones.  Te aseguro que dependemos de ellas más de lo que imaginas.

 

Sobre la autora:  Meri Rivera es autora de varios artículos, con una hermosa voz y una habilidad única de compartir la Palabra de Dios.  La hermana Meri fungió como miembro de la junta de Ministerios Femeniles Internacional de la Iglesia de Dios por varios años.  Fueron Pastores, Supervisores, Directores de la Editorial Evangélica, entre muchas otras cosas.

Esta casada con el Obispo Roberto Amparo Rivera y juntos viajan dando conferencias a diferentes regiones e iglesias, para convenciones, campamentos, matrimonios, y más.
Ellos tienen tres hijos, cinco nietos y viven en Puerto Rico.

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