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UNA IGLESIA VISIBLE: para mujeres pentecostales
Por: Rvda. Raquel Echevarría: Ministro ordenado de las Asambleas de Dios en Puerto Rico
Muchos ven como positivo el hecho de que Constantino preparó el camino para que finalmente firmara un edicto nombrando al cristianismo como la religión oficial del Estado en el 323 d.C. Se acababa la persecución para la iglesia y ahora tenía un lugar de privilegio. Ser cristiano-después del edicto de Constantino—significaba tener una buena posición, tanto con el estado como con la Iglesia. Sin embargo, aunque, por un lado, tuvo sus efectos positivos (entre ellos uno de los más importantes fue que se acabaron las persecuciones para la iglesia), por otro lado, de ser una Iglesia visible, una iglesia que—como en el primer y el segundo siglo de nuestra era—marcaron su presencia en la tierra predicando arrepentimiento, sanando los enfermos y señalando el pecado, pasó a ser una Iglesia invisible donde ya no se sabía quiénes eran los cristianos, porque hasta los paganos decían llamarse cristianos para tener una buena relación con el estado y con la Iglesia.
Por ser la religión oficial, la Iglesia se fusionó con el Estado dejando de ser aquella iglesia que no tenía miedo de predicar la Palabra de Dios y decirle a los gobernantes que “era menester obedecer a Dios antes que a los hombres.”
Dios le dio otra oportunidad a la Iglesia para dejarse sentir en el mundo y levantó grandes hombres y mujeres de Dios que hacían de la iglesia una iglesia visible. Sin embargo, como pentecostal, criada en un tiempo donde era común ver a los endemoniados ser liberados y los enfermos ser sanados; donde lo que decían los y las profetas de parte de Dios se cumplía al pie de la letra, me preocupa que muchas de estas manifestaciones del Espíritu Santo no se ven con tanta frecuencia en nuestros días. Es motivo de inquietud el que esas voces proféticas con las que yo crecí (tanto en Puerto Rico como a nivel internacional) que señalaban el pecado sin miedo se han silenciado; ya no se escuchan sus voces. Algunos hombres y mujeres de Dios se han desenfocado del plan original de predicar el Evangelio, otras y otros por estar enfermos o enfermas ya no pueden predicar; otras y otros porque ya están en la presencia del Señor. Lo cierto es que por alguna razón u otra, sus voces se han dejado de escuchar.
No podemos caer en una iglesia, de “la era Constantiniana” (como llamó el teólogo menonita John Yoder al tiempo en que la Iglesia se unió con el Estado). Todavía hay gente que mantiene a la iglesia visible pero, lamentablemente nuestros países se están hundiendo en la violencia, en la criminalidad, en el maltrato a la mujer, en el alcoholismo, divorcios, abuso infantil, y toda clase de problemas sociales. Por eso nosotras las mujeres pentecostales no podemos dejar que la iglesia se haga invisible, sino una iglesia visible que tome acción ante la crisis social y espiritual que aqueja a nuestros pueblos.
A veces nos concentramos más en defender nuestras creencias y nos desenfocamos señalando hasta lo que no es pecado que estamos corriendo el riesgo de caer en una “era constantiniana,” es decir, de ser una Iglesia invisible. No podemos llegar al punto de fusionarnos tanto con el mundo que no se note la diferencia; llegar al punto donde la sal pierda su sabor. Es triste el hecho de que en nuestras iglesias pentecostales ya casi no oramos para que la gente reciba el bautismo en el Espíritu Santo. Corremos el riesgo de caer en una rutina religiosa (si no se ha caído ya) donde se va al culto, se canta, se ora, se predica y luego volvemos a nuestros hogares muchas veces de la misma manera que llegamos al templo. No se le da tiempo al Espíritu Santo de Dios que obre en nuestros cultos, que tome Su lugar en Su casa.
En estos últimos años Dios nos ha puesto en lugares privilegiados en diferentes campos del saber y en posiciones donde algunos años atrás no nos hubiéramos imaginado que una mujer pudiera estar y menos una mujer pentecostal. Le doy gracias a Dios por todo lo que hemos avanzado en el área académica. Cada día somos más las pentecostales que nos estamos preparando en el campo de la teología. Gloria a Dios por este avance y por las puertas que se nos están abriendo para las mujeres pentecostales. Pero, no nos olvidemos de predicar el mensaje de salvación en Jesús, no caigamos en la tentación de ser muy teólogas, dejando de ser una Iglesia visible.
La idea no es sólo crecer y expandirnos por el mundo como denominación, o alardear el hecho de que ahora las mujeres ya no estamos más rezagadas sino que tenemos espacio para expresarnos, sino reflejar la presencia de Cristo en la tierra, que el mundo vea a Dios en cada una de nosotras las pentecostales. Debemos seguir siendo una Iglesia visible, una iglesia activa, que no se quede con los brazos cruzados ante la injusticia, ante la exclusión, ante el abuso que muchas congregaciones tienen contra nosotras las mujeres imponiéndonos cargas que ni los mismos líderes y sus familias pueden llevar.
Es tiempo de que nosotras las mujeres pentecostales nos levantemos sin miedo y prediquemos la Palabra de Dios. Hacen falta mujeres valientes llenas del poder de Dios, llenas de la unción del Espíritu Santo; necesitamos ver las manifestaciones de los dones del Espíritu en nuestros días. Es importante que haya maestras bien preparadas en la Palabra de Dios que cuando enseñemos, no sólo impartamos un conocimiento sino que podamos transmitir la vida del Espíritu Santo en cada clase y a través de nuestro testimonio. Oremos para que Dios nos ayude a las mujeres pentecostales a ser una IGLESIA BIEN VISIBLE.
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