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La vida, sus demandas y necesidad del descanso
Por Marcela Chavan de Matviuk, Ph.D.
(Marcela Chavan de Matviuk, Ph.D en Comunicación, ministro exhortador de la Iglesia de Dios, miembro de Azalea Garden Church of God, Virginia Beach, VA. Al presente trabaja en los ministerios femeniles de dicha congregación.)
Años atrás advertí que siempre que recordaba a mi madre, venían a mi mente imágenes de ella haciendo algo. Por más que me esforzara no lograba evocar ni siquiera una imagen suya descansando o relajada. Si no era cocinando, era barriendo; si no era barriendo, era lavando, o planchado, o poniendo prendas a secar al sol. Entre azarada y feliz, los días fuertes de mi madre pasaron sin un minuto para sí. Digamos para sintetizar, la suya fue una de vida de sacrificio y abandono de metas personales en pos del logro de objetivos colectivos, fueran estos los de su familia, o los de la iglesia, o los de la comunidad. Y en servir con alma, corazón y vida a estas metas de alguna manera ajenas, ella hallaba realización plena. Suena noble y lo es, pero hay otra parte, lamentablemente no tan noble en lo que se refiere a vivir nuestra vida en torno a la vida de los demás. Es este otro lado del que quisiera compartir con ustedes.
Yo, la mujer orquesta
A decir verdad, la historia de mi madre es una excusa para confesar por escrito la mía. Desde muy joven la vida me fue presentando oportunidades, desafíos y opciones, todas ellas interesantes y de crecimiento personal o para expansión del Reino, que según yo, no podía dejar pasar. Y entre la “apremiante” necesidad que de alguien hiciera x o y, o que alguien se arremangara sin temor, en fe y con gozo dijera, “Heme aquí, envíame a mi,” me encontré progresiva y casi imperceptiblemente rodeada, sumergida en actividades, diferentes a las que realizaba mi madre, pero igual de demandantes; igual de reconfortantes, igual de peligrosas a largo plazo. Pero yo ni enterada estaba. Una buena amiga cada vez que me escribía se despedía diciendo, “No trabajes tanto.” Y como ya les dije, yo no sabia que trabajaba “tanto.” Para mi modo de ver las cosas, yo solo trabajaba. Llegue a tener entre tres y cuatro trabajos, entre empleos y proyectos a mi cargo. Y fui muy, muy feliz. Por un tiempo, y por un lado, claro. La mía fue una felicidad en la que no había rutinas, ni descansos, ni pausas, ni libertad. Es decir una felicidad que pasaba por dar respuesta a múltiples exigencias. Yo, la mujer orquesta, la mujer maravilla y la mujer biónica combinadas. Y se que tengo entre ustedes, algunos clones por ahí.
Lo bueno
Antes de proseguir quiero aclarar que no estoy demonizando ni sacralizando el hacer. Después de todo, la fe sin obras es muerta. Haciendo descubrí una alegría singular, la que viene del darse a los demás y no entendí muy bien como hay mujeres que pueden ser, hallar su plenitud simplemente siendo, sin hacer algo. Y es que entre el tira y afloje del ser y el hacer uno nutre al otro. Y definitivamente esta en claro que la integración entre el ser y el hacer es esencial para una existencia fructífera, coherente y armoniosa.
Lo malo
Haciendo y haciendo advertí que rueda que rueda la rueda: 1—que la gente—y me incluyo—no siempre daba por amor, por motivaciones sanas y nobles, si, por necesidades personales o externas, pero no siempre por amor, pero que se confundían con el amor. Por ejemplo, mis amigas, las esposas de pastores que hubieran preferido no hacer o dejar de hacer ciertas cosas y que no pudieron, porque era su beber, su lugar, su rol o las cientos de mujeres que se enrolan en actividades dentro y fuera de la iglesia porque no hay nadie mas quien haga x o y. 2—que a la larga o a la corta podría encontrarme con un sentimiento ajeno a mis mejores intenciones y hallarme victima de mis propias decisiones, y haber sido usada y olvidada, dejada a un lado cuando la conveniencia, o las modas, o los intereses, o las lealtades, o los círculos, o las influencias, así lo marcaran.
Una vida de facto
Cuando uno pasa por la experiencia de vivir a mil en nombre del servicio cristiano, o de la realización profesional o de las demandas de la vida moderna, es muy raro que paremos para pensar que esta pasando. Y tal vez existan pocas posibilidades que alguien que este muy activa lea estas palabras. Será entonces tu responsabilidad, al leerme, el hacer que estas palabras lleguen a esa amiga, hermana, compañera que vive a mil día a día, que no halla descanso, que carga sobre sus hombros una carga mucho mas pesada que la que puede sobrellevar, y lo que es mas importante aun, la cual nadie le esta pidiendo cargar.
Las causas
Al centro de una vida súper ultra ocupada que gira en torno a las demandas de los demás, se encuentran presuposiciones implícitas sobre nuestra identidad y nuestra responsabilidad, de las cuales no somos conscientes que nos hacen actuar “por obligación” y sentirnos “sin escapatoria.” No estoy hablando de evadir responsabilidades, de hecho que hay situaciones en la que la responsabilidad nos cae encima y no hay otra que poner las manos en el arado. Pero hay otras situaciones en las que inadvertidamente nos ponemos en un lugar difícil. Y de ellas quiero hablar más en detalle: ¿Cuáles son las ideas preconcebidas que afectan con mayor frecuencia? Seleccionare solo algunas:
- El reconocer las necesidades, los sentimientos y los deseos propios se interpreta como una actitud egoísta y se asume que “una mujer de Dios” que se identifique como tal, debería valorar las necesidades, sentimientos y deseos de los demás antes que los propios.
- El síntoma de la mujer biónica, es decir cuando el valor personal que nosotras mismas nos asignamos pasa por ser competentes de modo extraordinario, 100% independientes, autosuficientes, capaces de lograr cualquier objetivo o meta.
- La ingenuidad demandante de soluciones perfectas. Se trata de una actitud entre idealista y apocalíptica que sostiene que existe la solución perfecta para las situaciones a nuestro alrededor y que cualquier solución menor a esta perfección imaginaria es un desastre, un fracaso inadmisible. Y muy frecuentemente nosotras tenemos una idea cabal y detallada de la solución ideal.
- La incapacidad de reconocer nuestras limitaciones: es decir la escasa habilidad ver nuestra situación y nuestras relaciones en dependencia a Dios y su majestuosa soberanía, actitud que lejos de acercarnos a una resignación y a una derrota nos conduce a una madurez espiritual al aceptar los misterios de los designios divinos sobre nuestras vidas.
La primera de las causas tiene que ver con ser, con la necesidad de ser amadas y recibir aprobación. En sociedades machistas como las nuestras, en contextos donde las mujeres tenemos maridos e hijos que nos superan en educación, llegamos a creer que “para valer” tenemos que “hacer.”
La segunda de las causas revincula con el ser y el hacer, y muy a menudo constituye una fuerte presión a ser capaz de hacerlo todo y hacerlo bien (valiéndonos de lo que yo llamo un popurrí de fragmentación bíblica, por ejemplo nos decimos “todo lo que venga a la mano hacer hazlo según tus fuerzas” y “todo lo puedo en Cristo que me fortalece,” “Dios no nos dará una carga mayor a la que podamos sobrellevar” y “en Cristo somos mas que vencedoras,” etc.). Nada mas alejado de la verdad. Nadie es capaz de hacerlo todo, todo el tiempo y hacerlo bien. Nadie, por más consagración y llenura del Espíritu Santo que tengamos. En dos palabras: Somos humanas.
Hurgando un poco mas, paralela a esa “capacidad sobrenatural de hacerlo todo” y satisfacer cuanta necesidad se anteponga a nuestro paso, se encuentra la incapacidad de decir que no a quien fuese que nos pidiera algo. Y es que ser “una mujer de Dios” bajo la influencia de algunas de estas ideas es ser una mujer con “el divino don del si” es decir, de nunca decir no.
Lo cierto es que existen situaciones que nos superan, cuya solución escapa a nuestras posibilidades. A muchas nos cuesta aceptar que nosotras no podemos proveer para, ni provocar en otros la reacción deseada o esperada por más esfuerzo que pongamos. Menos aun cuando esa reacción esta detalladamente concebida en nuestra imaginación. No hay soluciones perfectas, ni trabajos perfectos, ni esposos perfectos, ni empleados perfectos. Ellos, como nosotras son humanos. Y no es nuestra falta. Aprender a coexistir y aceptar situaciones y relaciones reales de convivencia que no son sacadas del mundo ideal nos llevara a reconocer nuestra finitud, y si actuamos sabiamente, lejos de encubrir nuestras limitaciones podremos buscar ayuda en vez de acostumbrar a medio mundo a que todo lo podemos y que no necesitamos de nadie. Se trata de una cuestión de fe y de humildad. Saber que en nuestra debilidad Dios se hará fuerte en nosotras. Confiar que El hará, más allá de los que podemos hacer o imaginarnos, aunque digamos alguna vez que no. Confiar que nuestro obrar por El, ante El y para El no es en vano aunque la conveniencia, o las modas, o los intereses, o las lealtades, o los círculos, o las influencias, nos dicten lo contrario.
La Biblia nos enseña que nosotras valemos por ser personas y somos amadas por Dios por ser sus hijas. Los logros, talentos y virtudes personales no causan que una “merezca” las circunstancias que se nos presentan sean estas buenas o malas. Nosotras no controlamos el mundo con nuestro esfuerzo, y nuestro valor como criaturas hechas a la imagen y semejanza de Dios no radica en cuanto hagamos para otros o para Dios, sino en que hemos sido creadas por Dios como seres limitados, con errores, falencias y necesidades. Necesitamos a Dios, y necesitamos a otros, así como otros necesitan de nosotras.
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