| |

CUIDANDO DE NUESTRA HEREDAD
Por: María Celsa Bonilla de Canizález
“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”
(Salmo 127:3).
En la sociedad israelita del Antiguo Testamento la maternidad era considerada una bendición. Sin embargo, la esterilidad era el estigma de la maldición. El principal rol de la mujer como madre era la educación, cuidado e instrucción de los hijos. Cada hijo tenía un significado único según su nombre, el cual procedía, algunas veces, de las circunstancias de su nacimiento. Por ejemplo, podemos imaginar el abnegado cuidado y sacrificio de Noemí a sus hijos Mahlón y Quelión, nombres que significan enfermo y tuerto, mientras los miraba crecer en condiciones muy difíciles de salud y miseria; para Céfora, el hijo que le nació en el desierto llamado Gersòn, que significa “forastero fui en tierra lejana,” fue el icono que les recordaría a sus padres el duro camino del desierto y la esclavitud de Egipto, pero también la libertad, el trato y el cuidado de Dios para sus hijos. Para la mujer del Antiguo Testamento, el cuidado de sus hijos, por todo lo que ellos le significaban, era la tarea primaria. En contraste, en la sociedad actual, la maternidad simplemente es uno de los múltiples roles de la mujer. Ahora, y en la luz de todo lo anterior, le animo a reflexionar en las siguientes cuestiones: ¿Qué significado tiene para usted la maternidad? ¿Qué valor le atribuye al fruto de su vientre?
Los hijos son el tesoro de más alta estima
En el Salmo 127, David, el mas grande poeta y adorador israelita, dedica unas líneas al significado sublime de los hijos y la maternidad: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre…” Nosotras las mujeres debemos tener conciencia de que nuestros hijos son el tesoro de más alta estima que pudiéramos tener, ellos son el regalo de Dios, el fruto de nuestras entrañas. Volvamos a otro ejemplo del Antiguo Testamento para considerar la importancia de la maternidad y el significado del hijo para una madre. Para Sara, su hijo Isaac, significó la promesa de Dios hecha realidad, su galardón, su risa, su alegría, su esperanza y su libertad. Ella, por la fe, dejo de ser estéril y se convirtió en madre de multitudes. Probablemente, la hazaña más grande de Sara habría sido el creerle a Dios aunque le costó mucho trabajo hacerlo; después de todo el cuidar y amar a su hijo sería su mayor gozo.
Una labor insustituible es el cuidado materno.
Los estudiosos de la personalidad humana coinciden en que los tres primeros años de vida del niño es el periodo más importante de su desarrollo. La calidad de vida que ha tenido en este tiempo, determina lo que llegará a ser cuando sea adulto. Aquí, juega un papel importante la actitud de la madre y sus prioridades; lo que para algunas de ellas podría significar una etapa de estancamiento y perdida de tiempo en relación con sus aspiraciones personales, para otras podría ser el mejor momento de su vida para disfrutar a sus hijos e influir positivamente en el fundamento de su carácter. Lo cierto es que los hijos no pueden esperar y que ninguna persona en el mundo por muy buena que sea amará y cuidará de ellos como lo haría su propia madre.
Nuestros hijos necesitan seguridad y confianza.
Según el Dr. Esdras Betancourt, en su libro Introducción a la Psicología Pastoral, “…el periodo de la infancia dura unos once años y que en esta etapa, las personas más importantes para el niño, son el padre y la madre. Y que la primera tarea del niño es establecer una relación correcta con los padres. El niño sobre todo, tiene que sentirse amado.” En otras palabras, los padres tenemos solamente once años de oportunidad para influir positivamente en el desarrollo integral de nuestros hijos. Esta es nuestra única y más grande oportunidad porque ellos creen en los padres, tienen el corazón tierno y puro, son moldeables, escuchan con atención, les encanta viajar con los padres y aprenden a seguir instrucciones y a obedecer. La gran pregunta es: ¿Cuántos pequeños, no habrán tenido la bendición de establecer una relación de afirmación con sus progenitores?
Un fuerte vallado de oración será siempre la mejor cobertura.
En este aspecto, las madres tenemos un aliado poderoso para poner cerco alrededor de ellos. La oración de una madre es poderosa y no podemos dar tregua al enemigo mientras vivimos en un mundo cada vez más peligroso y amenazante, teniendo conciencia de que ellos han nacido y están creciendo en una época muy diferente a la nuestra. También debemos reconocer que nuestros hijos no están exentos de caer. Pero, El Espíritu Santo puede guiarnos en oración, darnos discernimiento y ayudarnos a orar con gemidos indecibles cuando estamos en angustia y tribulación por ellos. De una cosa podemos estar seguras, que El Espíritu Santo conoce y ama a nuestros hijos más que nosotras mismas. El conoce las necesidades más profundas e íntimas de ellos en cada etapa de sus vidas. En ocasiones ellos tendrán la necesidad de ser perdonados y aceptados tal y como son.
El perdón tiene sus beneficios.
Sabemos que es en el seno de la familia, donde se aprenden los principios y valores que practicamos en y para la vida. Y, siempre he pensado que es el perdón, el principio que mas se debe practicar en los hogares cristianos. Cuando yo era niña, mis padres no eran convertidos y crecí, con mucho rencor en mi corazón por las vergüenzas, humillaciones y látigo que mi papa me hizo sufrir. Pero un día, el se convirtió y reconoció que, como padre, había cometido muchos errores conmigo. Entonces, se acercó y me dijo: “hija perdóname, reconozco que he sido muy duro contigo…” ¡Ese día mi corazón fue sanado de la amargura, el odio, el resentimiento y el peso de la culpabilidad! Una carga cayó de mis hombros, fui libre. De igual manera, los padres cuando brindamos el perdón a nuestros hijos guardamos sus corazones de estos gérmenes perniciosos y devastadores para asegurar una relación armoniosa y sana con ellos. Por supuesto, que el reconocimiento de la falta, no se debe obviar, no estoy hablando de ser permisivos, porque si no hay reconocimiento de la falta, tampoco puede haber corrección.
La corrección.
Una de las tareas más difíciles para las madres, especialmente cuando no hay un común acuerdo con el esposo, está relacionada con la disciplina que se ha de aplicar al hijo. Y es aquí en donde necesitamos el refuerzo de la Palabra de Dios, y el ejercicio de la paciencia, la gracia y la sabiduría. Podemos equivocarnos pues no hay padres perfectos ni expertos. Pero esta es una responsabilidad que no podemos obviar. Dios, nos lo demandará y pagaremos la amarga consecuencia de soportar el dolor y la vergüenza de un hijo insensato.
Finalmente, la más grande satisfacción o el más profundo dolor de una madre, procede de su hijo. Podremos encontrar el éxito profesional, en los negocios o en el desarrollo de cualquier empleo, lo que puede traernos fama, prestigio y riquezas. Sin embargo, el salmista nos dice que la inversión de más gloria en la vida es la que hemos hecho por el bien de nuestros hijos; al final de cuentas son ellos quienes darán la cara por ti, te honrarán y te defenderán o bien te deshonrarán y se olvidarán de ti (Salmo 127).
Sobre la autora: María Celsa Bonilla de Canizález es Coordinadora Nacional de los Ministerios de la Mujer de la Iglesia de Dios en El Salvador desde el año 2002. Su prioridad en el ministerio ha sido el desarrollo de la pastoral de la mujer con un fuerte énfasis en el cuidado pastoral
a las esposas de los pastores.
|